|
¿Ciudad o negocio?, esa es la cuestión
Es un texto un poco largo, me lo han mandado por e-mail, y merece la pena leerlo
Hay proyectos que definen toda una legislatura y, lo más importante, que pueden marcar el futuro de una ciudad a varias generaciones vista. La anunciada recalificación del vetusto Pepico Amat de Elda y todas las instalaciones deportivas que lo envuelven (más 25.000 metros cuadrados de terreno en el corazón de Elda), es, sin duda, una de estas decisiones estratégicas. Y eso más allá de la estafa política, dicho sea con respeto, que supone que un responsable público, en este caso la alcaldesa de la ciudad, Adela Pedrosa (PP), impulse apenas diez meses después de acceder al cargo un proyecto que supone justo lo contrario de lo que se hartó de decir cuando era candidata de su partido. No olvidemos que no hace ni un año que empeñó su palabra en la "mejora y remodelación" de unas instalaciones que hoy propone simple y llanamente tirar abajo para construir casas. Y la diferencia parece notoria.
Dicho para entendernos, lo que en definitiva se proyecta ahora es que donde hoy hay campos de entrenamiento deportivo, pistas polideportivas y un estadio de fútbol municipal se levanten cientos, acaso miles, de pisos y, claro, también un gigantesco aparcamiento subterráneo que es, como sabemos, el maná al que no hay alcalde que se resista. Y puestos a pensar, imagina uno que el proyecto llevará como señuelo la consabida construcción de VPO y alguna pequeña zona verde que acalle algunas voces críticas. Es de esto de lo que hablamos. Y es esto lo que debería quedar claro cuando se pone sobre la mesa tal macrorrecalificación urbanística.
Elda es hoy día una ciudad dura. Bien lo saben los que viven allí, como lo sabemos quienes hemos tenido la suerte de pasar en ella varios años. Una ciudad donde los espacios públicos escasean, donde el cemento ha ganado casi siempre la batalla al parque y a la zona comunitaria. Los colegios fueron "expulsados" al extrarradio, pues nadie previó que si se hacían casas algún día habría también niños en ellas. Pero, tan cierto es esto como lo es reconocer que, afortunadamente, a la ciudad le ha sentado bien la democracia. Este periodo de la historia reciente de este país ha hecho posible que se fueran ganando algunos espacios para la convivencia y el disfrute vecinal. Ahí están, sin ir más lejos, los hitos del Jardín de la Música, la Plaza Mayor, los jardines del Vinalopó, la remodelación del Casino y su zona circundante... Son espacios ganados a pulso y, a veces, casi con sangre, que han posibilitado que Elda sea hoy más habitable que lo era hace treinta años. Y es de esto también de lo que hablamos. De si la propuesta que se quiere llevar adelante es que la ciudad crezca en este sentido, o si la apuesta, por el contrario, es claramente regresiva y una vuelta al pasado.
Un bocado apetitoso
Quienes conocen la ciudad saben que el futuro crecimiento de su casco urbano, casi el único posible, es hacia el Sur. Y curiosamente ahí, estratégicamente ubicado, están el Pepico Amat y sus instalaciones anexas. Este espacioso rectángulo de terreno está llamado a convertirse, si se sabe gestionar bien, en un nuevo centro urbano, un patrimonio municipal que las generaciones últimas han donado a la ciudad y que no debería ser dilapidado por las urgencias presupuestarias presentes o, peor aún, el capricho de algún(a) dirigente, por muy legítimo que éste sea. Y menos aún sin antes abrir un debate profundo, sincero y sin apriorismos sobre lo que se debe hacer allí. Si es que hay que hacer algo. Que ésa es otra.
Constituye este espacio, seguro, una bicoca, un apetitoso bocado desde todos los puntos de vista para las empresas constructoras. Y también para los políticos de cortas miras. Y éstos últimos pueden llegar a ser peores que los primeros. Ya el anterior equipo de gobierno socialista propuso levantar allí un gran centro comercial, plan que contó con el respaldo de algunos colectivos próximos y la oposición de otros no tan cercanos, incluido el PP. No salió adelante porque el ex alcalde, Juan Pascual Azorín, no tuvo los apoyos políticos necesarios y el proyecto acabó como la legislatura: languideciendo y olvidado. De aquellos lodos parecen venir ahora estos cienos. Precisamente por todas estas consideraciones y experiencias pasadas sería bueno que aquellos proyectos que van a, o pretenden, cambiar la faz de una ciudad y transformar sus ejes principales, debieran ser fruto de un amplio debate y consenso más allá de las decisiones que se toman en la Alcaldía de la ciudad.
Promesa electoral
Y es que si nos ponemos a pensar en la urgencia y el momento en el que se ha conocido el proyecto, tan drástico cambio podría tener una malévola explicación. Cuando la actual alcaldesa dijo que no pensaba "tocar" estos terrenos lo pudo hacer por mero cálculo electoral. Y ahora, han podido ser estos mismos cálculos electorales los que le hagan ver que "sacrificar" la zona puede ser la gran oportunidad de "salvar" la legislatura y algunas de sus promesas que, de otra forma, serían de muy difícil cumplimiento. Detrás de una decisión tan grave como ésta -la recalificación y abrir la puerta a un pelotazo urbanístico, público, pero pelotazo al fin y al cabo- se puede esconder también un cálculo meramente electoral. Las actuales instalaciones son un bien general en el corazón de una ciudad, pero un bien amortizado porque su presencia allí no es nueva. Por tanto, poco puede sumar en las expectativas electorales del nuevo equipo de gobierno. Su recalificación, en cambio, bien vendida y oportunamente explicada por algunos medios siempre dispuestos a ser la voz de su amo y respaldada por colectivos obligados a callar para no perder la subvención de turno, puede llegar a suponer a las depauperadas arcas municipales una sustanciosa inyección económica vía venta de suelo, licencias de obras, compensaciones económicas, etc. Sin esta última clave parece difícil entender la jugada de fondo, el momento escogido y la drástica vuelta de calcetín a lo prometido. Y es que no parece exagerado pensar que la alcaldesa se haya convencido (o la hayan convencido) que utilizar el Pepico Amat para seguir ganando elecciones no es descabellado, lo que sería lícito, aunque ello suponga renegar de una de sus principales promesas electorales. Ya instalada en el gobierno municipal Adela Pedrosa ha debido ver que la herencia económica se compone mayormente de deudas y telarañas en la caja. Y que, bien mirado, los tiempos no son muy propicios para esperar mucho de un Consell amigo que no paga ni lo que debe, ni, seamos sincero, de un Gobierno central que tan poco va a ir de exquisito en la dádiva.
Para terminar, la pregunta que algunos nos hacemos y que lanzamos a la alcaldesa y a su equipo de gobierno es ésta: llegados a este punto, la propuesta de convertir el Pepico Amat en pisos y un gigante aparcamiento subterráneo es hacer ciudad o, simple y llanamente, supone abrir la puerta al negocio y al dinero fácil, una peligrosa aventura además, y de la que sólo conocemos la letra gruesa. Pedrosa debería decidir si quiere pasar a la historia local como una u otra cosa. Si desea impulsar un proyecto que no sólo marque esta legislatura sino que las generaciones del futuro se lo agradezcan. Ésa es la grandeza de algunos y la cortedad de miras de otros. Decidirse entre hacer ciudad o hacer negocio. Ésa es la cuestión.
|